Buscar

Roberto C. Morais

Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un escritor

Categoría

Microcuentos

Enseñanza

Érase una vez, una sociedad en la que todo el que destacaba era fusilado por la multitud. Años después, las generaciones siguientes se sentían en deuda por lo que hicieron sus antepasados y levantaron esculturas e hicieron cuadros, en honor a los muertos.

Curiosamente, cuando volvieron a surgir seres excelentes y que destacaban, volvieron a fusilarles. De esta manera, fomentaron la escultura y la pintura entre la sociedad, y los escultores y pintores proliferaron. 

Anuncios

El Príncipe

El Rey estaba a kilómetros de distancia de su reino, combatiendo las hordas del enemigo.

Dejó al mando de su reino a su primogénito. El Príncipe no se caracterizaba por ser una persona responsable. Era más de cacerías y fiestas, que de gobernar y luchar.

-Mi Príncipe, los exploradores indican que el enemigo llegará a nuestras puertas al final de día. – explicó uno de los Generales del ejército. – Debemos preparar la defensa de la ciudad.

El Príncipe tenía programada una cacería con unos amigos. Para preparar la defensa de la ciudad debía cancelarla.

-No tengo tiempo de programar nada ahora mismo. Lo haré a la tarde. – respondió el Príncipe, mientras se subía a su caballo.

El General lo intentó, resignado, por última vez:

-Mi Príncipe creo que no es momento de…

-No necesito que alguien como tú me diga lo que debo o no hacer. – le interrumpió el Príncipe. – Que nadie mueva un dedo hasta que yo vuelva.

La desolación se vio reflejada en el rostro del General. Cuando este volvió con el resto de soldados y contó la respuesta del Príncipe todos estallaron de indignación. Se escucharon quejas, rezos, frases de desánimo e incluso algún insulto.

Llegó la tarde y el Príncipe no hizo su aparición. A medida que el sol caía la irritación del General fue en aumento. Todos los habitantes se sintieron abandonados por su Príncipe. Incluso algún soldado abandonó a su pueblo buscando prolongar su vida unos días más.

El ejército enemigo se apostó delante de las murallas y la puerta principal. El Príncipe aún no había llegado así que el General tomó el mando de la defensa. Era demasiado tarde, él mismo lo sabía, pero debía hacer algo. Intentarlo al menos.

Las órdenes en ambos mandos se escuchaban como gritos capaces de perforar la roca. Todos los hombres estaban colocados en sus puestos y esperando la orden de atacar.

Momentos más tarde, el Príncipe llegó al asentamiento en el que se encontraba su pueblo y donde ahora solo quedaban casas destruidas, fuego y humo, aparte de cadáveres.

De repente algo agarró del tobillo al Príncipe. Cuando miró para ver qué era, vio que era el General malherido.

-Mira lo que tu arrogancia y falta de responsabilidad ha provocado.

Encuentros

Os voy a contar la historia de cómo Isabela, una joven mujer, se enamoró de quien menos pensaba que lo iba a hacer. Isabela cada mañana seguía una estricta rutina. Iba al trabajo, miraba el buzón de entrada de su mail, hablaba un rato con alguna compañera, hacia sus tareas y a media mañana bajaba a tomar un café a una pequeña cafetería que estaba justo debajo de su oficina.

-¿Lo mismo de siempre señorita? – preguntó el mismo camarero de cada día. Más o menos tendría la misma edad que ella. Se notaba que iba al gimnasio por su cuerpo musculado y siempre muy perfumado. Hay que reconocer que era un chico muy atractivo.

-Sí, por favor. – respondió Isabela.

Se tomó su café con leche despacio, saboreando cada bocanada del líquido que contenía su taza. Le encantaba ese café, sin lugar a dudas ese chico sabía preparar un buen café.

Cuando se lo acabó salió de la cafetería pensando en lo que le quedaba por hacer en las horas restantes de su jornada laboral. Iba tan sumergida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que su trayectoria chocaba con la de un cartero hasta que llego el impacto. Cabeza contra cabeza y los papeles del cartero se desplomaron al suelo.

-Lo siento estás bien. – preguntó el cartero.

Isabela no dejaba de tocarse la cabeza pues tenía un dolor intenso en la frente.

-S… Sí, estoy bien… ¿y tú? – preguntó ella algo avergonzada por chocarse con aquél joven muchacho rubio y de ojos claros.

-Sí estoy bien. – respondió el chico mientras se agachaba a recoger las cartas que se le habían caído. – Lo siento mucho iba leyendo una cosa.

-No, lo siento yo… iba con mis cosas y no te he visto. – añadió ella. Ambos se miraron y se pusieron rojos. Ninguno de los dos volvió a decir nada.

-Bueno… adiós tengo que repartir esto. – dijo él.

-Sí… adiós. – dijo ella.

A las pocas horas ambos se arrepentían de no haber intercambiado más palabras o incluso de no haberse dado un teléfono o un mail por el que hablar. Las horas de remordimientos pasaron a ser días. El arrepentimiento era cada vez más grande.

Después de unas semanas Isabela esperaba la recepción de una carta de un cliente. Cuando vio al cartero se quedó callada, la temperatura de su cuerpo se elevó y notaba como ese calor se le metía en las mejillas poniéndoselas cada vez más rojas.

-Hola de nuevo. – dijo ella.

-Hola. – dijo él.

El Príncipe y la Princesa

Érase una vez un joven príncipe y una joven princesa. Ambos estaban prometidos pues sus familias ya habían planeado su futuro. Estaban dando una vuelta tranquilamente, solos, sin escoltas que espiasen sus secretos. La princesa le preguntó al príncipe:

-No tenías un caballo más viejo.

La pregunta era más que aceptable puesto que el príncipe iba a lomos de un caballo viejo y de aspecto muy enfermizo, más propio de un caballero como don Quijote.

-Es el resultado de una elección. – respondió el príncipe.

-¿Qué elección? – preguntó la princesa.

-Come el caballo o comemos nosotros. – fue la respuesta del príncipe siempre sincero, ya que otra cosa no pero comida jamás falto en su hogar. – Palabras de mi madre.

La princesa no dejó de reír en todo el paseo. Mientras el príncipe iba incomodo a lomos de ese caballo, si se podía llamar así, la princesa iba de lo más cómoda montando una yegua de raza árabe pura. Un caballo de una grandísima calidad y de un alto coste. Eso hizo que el príncipe se ilusionara pensando que suerte la suya casándose con aquella mujer. Se convertiría en rico de la noche a la mañana.

Tras la boda el recién casado fue a vivir con la familia de la novia al castillo de su padre. Cuando se sentó en la mesa lo único que había para comer era caldo de agua, porque aquello no se podía llamar de otra manera, sólo era agua, además de un único trozo de carne por cabeza. Al ver aquello el príncipe susurró al oido a su actual mujer:

-¿Mujer, esto… esto es toda la comida?

La princesa respondió sin vergüenza ninguna:

-Tu familia escogió comida para ellos, la mía ha escogido comida para los caballos.

En ese momento la alegría del príncipe se apagó pues se dio cuenta que había sido un ingenuo y recordó por siempre las palabras de su madre:

-No es oro todo lo que reluce.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑