Pasaba las hojas del libro a un ritmo desorbitado. Al principio, pensé que el chico estaba encantado con el libro y leía a una velocidad increíblemente rápida. Sin embargo, su rostro me decía todo lo contrarío. Tenía el ceño fruncido y la nariz arrugada, como si no entendiese nada. Al cabo de un rato vio que le miraba y me preguntó:

-¿En este libro no hay dibujos?

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