Y entonces llegó el día en el que ella decidió decir todo lo que pensaba. Ya había aguantado suficiente y por su culpa, vivir en esa casa era un infierno. Hubo gritos, insultos y demasiada tensión entre aquellas paredes, hasta que un golpe rompió todo. Se escuchó un grito sordo, y ella le miró con cara de incredulidad. El tenía el rostro invadido por la tensión y volvió a levantar la mano. Así una y otra vez. La mujer se convirtió en una esclava de sus golpes. El infierno solo acabó cuando decidió quitarse del medio.

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