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Roberto C. Morais

Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un escritor

Rutinas

7:20 – Último retoque al pintalabios y salgo de casa.

7:25 – Entro en el metro. Bajo el ascensor y me siento en el banco de todos los días, nerviosa por su llegada miro el tiempo de espera: seis minutos.

7:30 – Ahí está, como cada día a la misma hora. Siempre puntual. Poco a poco se va acercando, el sonido de ambiente me va alterando más, rápidamente recojo mi mochila y mi bolsa. A continuación, me levanto del banco mirándolo fijamente mientras camino para colocarme cerca de la tercera puerta del metro, por la que ambos pasamos cada día cruzándonos sonrisas tímidas y miradas pícaras que nos hacen enrojecer.

7:31 – – Buenos días, como cada día, preciosa.

             – Buenos días, mi querido desconocido.

 Even Lullaby
Twitter: https://twitter.com/EvenLullaby

7:15 – Salgo de la ducha, abro mi armario y selecciono minuciosamente que prendas voy a vestir. La selección es con una intención clara; Debía impresionarla.

7:20 – Salgo de casa y camino en dirección al metro. Recorro las calles a paso ligero, con ritmo acelerado, pero sin llegar a correr.

7:30 – Ahí está, como cada día a la misma hora. Nunca falla, << Hoy es el día >> Con ese pensamiento y el corazón latiéndome tan fuerte, que parecía que se me iba a salir del pecho, empecé a caminar hacía el punto exacto en el que cada mañana nos encontrábamos. Esa tercera puerta del metro ya formaba parte de nosotros, de nuestra rutina. Al igual que esas sonrisas que nos dedicábamos.

7:31 – – Buenos días, como cada día, preciosa.

             – Buenos días, mi querido desconocido.

           El metro entra en la estación emitiendo un molesto chirrido. Los dos entramos en el vagón y nos sentamos, uno al lado de otro. No dejamos de hablar en todo el viaje.

Roberto C. Morais

Contracturas

Rocé con la yema de mis dedos su espalda, recreándome en cada centímetro de su piel. Disfrutaba viendo como todos los músculos de su piel se estremecían. Cogí el bote de aceite y derramé un poco sobre la parte superior de su espalda. Ella soltó un gemido cuando notó el frio del líquido. Froté la zona de los omoplatos intentando borrar todo rastro de las contracturas. Después baje hasta la zona lumbar haciendo pequeños circulitos con el dedo pulgar. Sentí como su cuerpo se relajaba. Después de una hora, avisé a la cliente de que el masaje había finalizado. No sé si fue por el hilo musical o por mi técnica masajeando, pero la clienta se quedó totalmente dormida.

Magia

Me apuntó con su varita y pronunció el hechizo patronus. El destello que surgió de la punta me cegó y entonces, me di cuenta de que había perdido la batalla.

—¡Roberto! —gritó mi madre—, la cena está en la mesa. No lo volveré a repetir, así que deja de jugar a los magos y a cenar.

Ejecución de amor

Estaba sentada sobre mis piernas, sus dedos escondidos en mi cabellera y su lengua peleándose con la mía. Yo tenía los dedos clavados es sus glúteos acompañando su movimiento constante y tremendamente excitante. Después de varios minutos, algún que otro mordisco y arañazo, los dos acabamos viendo las estrellas a través del cristal del techo y jadeando de satisfacción.

El justiciero

El viejo estaba sentado en su sillón. Al igual que cada noche, miraba por la ventana del salón como el sol moría y daba paso a una nueva noche, cada vez más oscura. La decadencia había invadido cada rincón de la ciudad. Sin embargo, había menos delincuencia que nunca. Lo atracos, violaciones y peleas callejeras habían bajado a límites insospechados y, aunque a nadie le importaba, el viejo volvió al sótano, cogió su escopeta y salió a la oscura noche. No para hacerse el héroe, si no para juzgar, con plomo, a los que hacen el mal.

Cazadora

Dos desconocidos se encontraron en una sala oscura, con varios cuadros colgados, cabezas de animales a modo de trofeo en las paredes y la única iluminación provenía del fuego de la chimenea.

-Dios es el scape room más real que he visto. Nos hemos tenido que separar para conseguir superar algunas pruebas.
-Sí está muy logrado -respondió la chica.
-¿Qué tenemos que hacer ahora? -Preguntó el chico.
-Tú no sé, pero yo tengo que trabajar.
-¿Trabajas aquí? _Preguntó el chico-. ¿Qué haces?
-Soy la cazadora. -El chico la miró extrañado hasta que recapacitó y entendió a que se refería la chica-. Y tú vas a ser mi trofeo.

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