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Roberto C. Morais

Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un escritor

Tirania de una Ama

Ahora que el ama duerme, me escapo a verte. Me siento entre tus ramas y tu abrazo me transporta a otro mundo. Como tu fruto. Tu savia calienta mi cuerpo. Tu majestuosa copa me protege de las tormentas que inventa el ama, el grosor de tu tronco me esconde de los vientos que salen de su boca.

Si ella supiera lo nuestro generaría un rayo para separarnos.

Shira M. Collins

Blog: https://shiramcollins.wordpress.com/

Se despertó escuchando risas de felicidad y gemidos de placer. << ¿Quién osa ser feliz sin mi permiso? >> Pensó a la vez que sus músculos se desentumecían de un largo letargo. Apartó las nubes, para ver mejor, y allí se los encontró, disfrutando el uno del otro como dos amantes. Entonces recordó como su cónyuge, el sol, la abandona cada noche. Con toda su rabia provocó a la tormenta, que empezó a llorar desconsolada mente y con todo el resentimiento y la envidia, lanzó un rayo al tronco para acabar con la vida de uno de los dos felices enamorados.

Roberto C. Morais

Fiel animal de compañía… o no.

Estaba hasta las narices de oler culos. Él, confiado, había sido el único pringado de la sección intergaláctica en aceptar una restructuración del ADN para asimilarse al animal peludo que, algunos humanos, adoraban. Pero su líder no le había explicado con detalle con qué se iba a encontrar. Sólo le había dado instrucciones claras: espiar el día a día del que iba a ser su dueño y, al cabo de un año terrícola, redactar un informe detallado de todo lo que había visto y oído; su raza quería infiltrarse dentro del planeta sin despertar sospechas y debían conocer las costumbres de las criaturas “inteligentes” que en él habitaban (si es que se podían llamar inteligentes).

Durante los dos meses que llevaba en la Tierra, había llegado a la conclusión que los terrícolas eran demasiado estúpidos para sospechar que había aliens entre ellos y, aún más, para descubrirlos. El alelado que vivía con él se pasaba el día sentado en el sofá, mirando el aparato que denominaba televisor; un objeto tecnológico, extremadamente rudimentario, a través del cual miraba imágenes en 2D de otros humanos haciendo cosas casi tan estúpidas como él. Vivir con aquel tipo era extremadamente aburrido. Desde que le conocía, sólo lo había visto alterarse en dos situaciones: cuando por la TV aparecían humanos dando patadas a un objeto esférico; uno parecido al que él le lanzaba en el parque para que lo recogiera, solo que de mayor tamaño. O cuando había alguna hembra joven cerca.

Las hembras jóvenes solían provocarle un aumento de las pulsaciones del corazón, el único que poseía (los humanos eran tan raros que sólo tenían una bomba de sangre en su cuerpo). Y otra cosa llamativa era que la raza estaba tan poco evolucionada, que necesitaba aparearse para procrear. Los machos solían hacer exhibiciones de sus toscas habilidades físicas y, en menor medida, intelectuales, para impresionar a las hembras con el objetivo que ellas aceptaran su material biológico. Era divertido verlos. Aunque su amo era tan poco hábil, que en dos meses, sólo se había fusionado una vez con el sexo opuesto.

La misión empezaba a tenerlo hasta la cloaca de reproducción (hasta los cojones en versión terrícola), y no le quedaba otra alternativa. Si quería abortarla, debía deshacerse del humano. Por eso, aquella noche, cuando su amo lo sacó a pasear, no lo dudó. Se paró en la primera farola que encontró, olisqueó por última vez el aroma hediondo, imitando a un perro de verdad, y levantó la pata. Debía parecer un accidente, de lo contrario sería castigado y enviado a un planeta mucho peor que la Tierra; aunque le costaba creer que hubiera alguno peor.

*****

El muy bobo estaba distraído mirando la luna y no se percató que, en lugar del chorro de orina habitual, salía un rayo láser. El disparo fue certero y quedó desintegrado al instante. Un segundo después, el alien se sentó en la acera, movió la cola satisfecho y esperó a que lo fueran a buscar.

Olga de Llera

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Esperó y esperó durante unos minutos que se hicieron eternos, hasta que un Audi A8, negro con los cristales tintados, se paró delante de él. Un hombre de aspecto adulto salió de los asientos traseros y cogió a aquél perro abandonado obligándolo a entrar en el vehículo. El perro ladró, como si de ese amasijo de hierro, plástico y vidrio herméticamente cerrado pudiese salir algún sonido.

« Malditos imbéciles » pensó acordándose de todos sus compatriotas y su descendencia. « Tan avanzados tecnológicamente y me encuentra antes un grupo de humanos. »

No ladres, Teler —dijo el humano de aspecto amenazador.

Cuando escuchó su nombre se quedó paralizado. Aquél humano era en realidad otro alien más. Su plan había funcionado a la perfección. Entonces el humano sacó un mini blaster y le apuntó.

Como bien sabes, todos tenemos una función y la tuya ya ha terminado. —Sentenció pulsando el gatillo.

Así fue como el alien consiguió escapar de su entidad perruna y fue libre al fin. Muerto, pero libre.

Roberto C. Morais

El placer del silencio

Yo no podía dejar de mirar a aquella pareja, ya que ambos tenían mucho que decir porque no paraban de hablar y de hablar. Entonces, algo me llamó la atención y pensé que podrían debatir sobre mi pequeña indiscreción.

Yo muy decidida, seguía  interesada en su conversación e intentaba entender, con total disimulo, lo que ambos decían; hasta que un simple gesto me indicó que aquellos sordos sí que hablaban de mí y querían que me uniera a ellos.

Así comencé una conversación con las manos, sin mi voz y en completo silencio.

Even Lullaby
Twitter: https://twitter.com/EvenLullaby

Un silencio tan acogedor y amable que sin duda te incitaba a no abandonarlo nunca. Desde muy pequeño aprendí que esa era mi especialidad: Saber permanecer en silencio.

Moví de manera ágil las manos, haciendo los gestos oportunos y necesarios respondí a la pregunta:

-¿Por qué no hablas con la boca si tú no eres mudo y yo no soy sordo?

-Porque la vida me ha enseñado que los sordomudos no interrumpen, saben esperar pacientemente a ver qué es lo que tiene que decir la otra persona, y yo soy igual.

Roberto C. Morais

Uniones

Se volvieron a mirar a los ojos, en ese mismo instante sabían que lo único que querían hacer era ir corriendo al servicio de ese pub y comerse el alma. Cuando pestañearon se dieron cuenta de que lo único que les unía era el tercio de Mahou y el tabaco de liar.

Andrea Ripoll

Twitter: https://twitter.com/Ripollandrea6

Blog: https://andrearipollblog.wordpress.com

Bebieron y fumaron como si no existiese el mañana. Cuando absorbieron el tercio como esponjas, e inhalaron todos los cigarros que se pudieron liar, se miraron y ambos dijeron a la vez: ¿Qué nos une ahora?

Roberto C. Morais

Realidades

Podría serle infiel y él no tendría porqué enterarse jamás. Sería tan sencillo… Y eso no cambiaría lo que sentía por él.
Pero ella lo sabría  y eso cambiaría su relación para siempre de forma irreversible…
“Creo que lo sabe.” Se dijo él mientras la observaba, sin percatarse de que ambos pensaban lo mismo. Ella de forma hipotética y él de forma real.

Alicia Padrón

Pensó en el momento en el que la besó, la tocó y le hizo el amor. Con ferocidad, pero sin deseo. Con ritmo, pero sin pasión. Ese recuerdo parecía real, tal y como lo había parecido el de su mujer mientras se acostaba con la otra.

Roberto C. Morais

Una de cal y otra de arena

Me despertó el sonido de la cafetera. Ese infernal ruido se me introdujo como un clavo ardiendo en la sien. Olí a café, lo que magnificó el hambre que sentía. Al segundo apareció ella con una bandeja, dos tostadas en un plato, muy untadas de mantequilla para ocultar que estaban algo quemadas, y una taza de café.

-Qué bien me conoces amor mío -dije esbozando mi mejor sonrisa.

-Gracias amor – contestó ella poniendo una sonrisa pícara, hay que recoger el garaje y lavar los coches -añadió sin remordimiento alguno-. Te quiero.

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