Buscar

Roberto C. Morais

Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un escritor

Calor interno

Un calor tan aplastante, tan bochornoso, tan agobiante, tan… ¿Asqueroso? Sí, esa es la palabra, asqueroso. Un calor que hace que cueste respirar y dinamita toda la voluntad de realizar una actividad productiva para la vida humana. Así es el calor de mi habitación, más propio del desierto del Sahara que de Europa.

Llamada inesperada

Se sentó sobre mi vientre, enmarcó con sus manos mi rostro y metió su lengua en mi boca, queriendo invadir cualquier rincón de la misma. Desabroché, lentamente y disfrutando cada instante, su camisa de lino hasta que sus senos quedaron al descubierto. Pellizqué uno de sus pezones, ella se estremeció y le mordí un pecho. Sus manos se dirigieron rápidamente a mi pantalón.
—Creo que te llaman.
—Sí, me llama la pasión.
Ella hizo una mueca y puso su mano sobre mi bolsillo.
—No, que te llaman al móvil.
Y efectivamente mi móvil estaba vibrando con la llamada entrante de mi madre.

Rojo Pasión

El color anaranjado de sus puntas y el rojo vivo del centro me tenían totalmente hipnotizado. Su movimiento, constante y al ritmo el viento, era el péndulo perfecto para ser usado por un hipnotizador. Su calor me aportaba la cómoda temperatura para sentirme como en casa, estando a miles de kilómetros de ella. Su compañía era perfecta, daba igual el lugar.

Oh dichoso fuego, que bello eres.

Gris Final

El cielo encapotado ocultaba todo rayo de luz posible. Un ambiente tan triste que hasta las nubes lloraron, empapando así toda una realidad gris, tosca y fea. Sin motivación alguna caminé a mi destino, gris, tosco y feo, con las lágrimas de mi madre grabadas en los párpados y la piel seca, allí donde se encontraba oculta bajo los grilletes.

Centro de atención

El cuentacuentos estaba entusiasmado, por fin tenía la atención de todos esos niños, y de los no tan niños también. Se sentía importante, pero, atrapado en ese creciente orgullo y satisfacción, no se dio cuenta que el narrador de una historia es importante mientras haya una historia que contar, sin ella se convierte en una persona normal. Sin ninguna atracción especial. A pesar de saber eso y sin darse cuenta, llegó al punto y final del cuento y el cuentacuentos perdió todo protagonismo.

Caída letal

Me fijé en su boca. Una O perfecta. ¿Estaba bostezando? Si era así, estaba absorbiendo la realidad entera. Cuando amplié el objetivo de mi mirada lo vi claro. No estaba bostezando, estaba gritando, impactado, por la sorpresa de ver el arma que le robaba la vida delante de su cara. Un agujero en la frente puso fin al grito y la O se deformó cuando el cuerpo cayó al suelo.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑