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Roberto C. Morais

Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un escritor

Fluir

Sus párpados, pesados, amenazaban con cerrarse. Él intentó hacer frente a ese sueño recordando sus momentos del pasado. Se le vinieron a la mente momentos buenos y no tan buenos. Aun así el sueño amenazador cada vez atacaba con más fuerza. Inclinó la cabeza, bajo la vista y volvió a mirarse otra vez más para cerciorarse, y sí, allí estaba la causa de ese sueño. Se estaba desangrando a causa de una puñalada.

Se me olvidó

“Asesino, asesino” gritaba la mujer arrodillada al lado del hombre tumbado en el suelo. Las manos de la mujer estrujaban un sombrero encima de una mancha de sangre en el pecho del hombre. “Llamen a una ambulancia” pidió a sabiendas de que el hombre estaba muerto, pero nadie la ayudó. Unos segundos después se puso en pie, miró a su alrededor y se quedó callada. Todos esperaron expectantes a ver si pronunciaba algo. Sin embargo, la mujer solo apretó la mandíbula.
“Corten” gritó alguien desde las sombras de la tercera fila de butacas. La mujer tiró el sombrero al suelo con rabia y el hombre muerto se levantó y bebió un poco de agua.

Disparo de realidad

Miró a su objetivo a los ojos, el color negro del cañón del arma se cernía sobre su sien, poderoso, a sabiendas de verse victorioso. Cuando el dedo hundió el gatillo, la oscuridad del túnel desapareció y dejó paso a una luz cegadora, que evitó que pudiera ver las manchas de sangre del espejo.

Maravillosa pubertad

Surgió de la nada, grande, poderoso y abriéndose paso sin importar nada de lo que le rodeaba. Su cabeza, al principio roja, se fue descoloriendo a medida que pasaban los días, hasta que ya palido, era débil y pude explotarlo. Me dolió, pero por fin pude quitarme ese grano de la cara.

Piel y Tinta

Cogió su pistola, como el escritor que coge su pluma, estiró el lienzo con la ayuda de los dedos de la mano que tenía libre, y empezó a escribir la frase en latín.
Cuando acabó, soltó la pluma, limpió la tinta sobrante y el lienzo con vida examinó el trabajo.
—Es genial. —Comentó dando tu aprobación al trabajo del tatuador.

Rutinas

7:20 – Último retoque al pintalabios y salgo de casa.

7:25 – Entro en el metro. Bajo el ascensor y me siento en el banco de todos los días, nerviosa por su llegada miro el tiempo de espera: seis minutos.

7:30 – Ahí está, como cada día a la misma hora. Siempre puntual. Poco a poco se va acercando, el sonido de ambiente me va alterando más, rápidamente recojo mi mochila y mi bolsa. A continuación, me levanto del banco mirándolo fijamente mientras camino para colocarme cerca de la tercera puerta del metro, por la que ambos pasamos cada día cruzándonos sonrisas tímidas y miradas pícaras que nos hacen enrojecer.

7:31 – – Buenos días, como cada día, preciosa.

             – Buenos días, mi querido desconocido.

 Even Lullaby
Twitter: https://twitter.com/EvenLullaby

7:15 – Salgo de la ducha, abro mi armario y selecciono minuciosamente que prendas voy a vestir. La selección es con una intención clara; Debía impresionarla.

7:20 – Salgo de casa y camino en dirección al metro. Recorro las calles a paso ligero, con ritmo acelerado, pero sin llegar a correr.

7:30 – Ahí está, como cada día a la misma hora. Nunca falla, << Hoy es el día >> Con ese pensamiento y el corazón latiéndome tan fuerte, que parecía que se me iba a salir del pecho, empecé a caminar hacía el punto exacto en el que cada mañana nos encontrábamos. Esa tercera puerta del metro ya formaba parte de nosotros, de nuestra rutina. Al igual que esas sonrisas que nos dedicábamos.

7:31 – – Buenos días, como cada día, preciosa.

             – Buenos días, mi querido desconocido.

           El metro entra en la estación emitiendo un molesto chirrido. Los dos entramos en el vagón y nos sentamos, uno al lado de otro. No dejamos de hablar en todo el viaje.

Roberto C. Morais

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